De rebajas en Colombia
11 07 2008Comentarios : Sin Comentarios »
Etiquetas: cartagena, colombia
Categorías : colombia
Noche del jueves.
Otra noche viajando en bus, pero esta vez tiene algo especial: es el último trayecto largo en bus de este viaje, y es la última vez que viajo de noche. No significa nada, pero me alegra saber que ya está. Me gusta viajar en autobús, pero creo que ya he llenado el cupo por varios años.
La ruta es de Medellín a Cartagena. Sale a las 8 de la tarde, y dicen que son 12 horas de duración. En el bus el aire acondicionado a tope, creo que debemos estar a 15º. Todo el mundo va con chaquetas y mantas, pero nadie se queja. El único, como siempre, yo, que al preguntar si pueden bajar un poco el aire me dicen que no. Para molestar más ponen la película Superagente 87, en versión screener grabada con una cámara en un cine con un sonido metálico que parece una radio fuera de frecuencia, y encima solo hay una tele de 12″ en el extremo opuesto. De nuevo, nadie se queja, y yo tampoco. Me pongo el MP3.
El bus llega 3 horas más tarde de lo previsto, los horarios son siempre relativos. Al salir del bus congelado me encuentro con 35º de un calor húmedo.
Me duelen los oídos. Creo que me he resfriado ahora que he llegado al Caribe.
Medellín es la segunda ciudad en tamaño de Colombia. Está en un valle y tuvo una explosión demográfica muy fuerte en los 60 y 70 que hizo que mucha gente del campo fuera a la ciudad y construyera sus casas por las colinas, que es la imagen que se utiliza principalmente en las películas y que tienen ese aspecto de casas a medio construir con tochana y techos de uralita, que imaginamos llena de pistolas y vírgenes en la casas y sicarios preparados para salir con su motocicleta a pegarle un tiro a quien se le ha indicado, y que tan bien quedan en Rosario Tijeras. A mi me recuerda más a un barrio bohemio lleno de vida y gente mucho más intensa que la que he podido ver en la Zona Rosa, por ejemplo.
Hay un tren elevado, un metro, que atraviesa toda la ciudad y comunica todos los barrios. Y un par de teleféricos, parte del metro, que une la colina de Santo Domingo y La Aurora. Viajando a esta altura se descubren los techos de la ciuad y pequeñas fotos de la vida cotidiana en las ventanas, los parques y las calles.
Uno de los problemas que he tenido en Medellín, y en Cali, han sido los comentarios de todo el mundo -las guías, los trabajadores del hostal, los otros turistas como yo, y la gente de la calle- que te meten el miedo en el cuerpo y se te van las ganas de salirte del barrio nuevo y del centro. Estas dos zonas no me han resultado nada interesantes, sin embargo los otros barrios, y sobretodo las colinas, son los lugares realmente interesantes y que me apetece visitar.
Pero así son las cosas, todo el mundo te cuenta historias, todo el mundo te dice que es peligroso, todo el mundo conoce a alguien que le han robado todo de día, etc. Así que he tenido que ver alguno de estos lugares desde la distancia y conformarme con imaginar que algún día cambiará, serán lugares seguros y de ahí saldrán los nuevos artistas, y podré tomar una cerveza en una mesa sin sentir como alguien me está mirando todos los bolsillos y la bolsa. He ido a Santo Domingo, pero me he limitado a dar una vuelta alrededor de la estación del cable metro, lloviendo, y me he vuelto, como un cagón. Pero en ese poco tiempo he visto los camiones bajando con dificultad las calles, los niños uniformados jugando en el patio del colegio, un burro amarrado a la puerta de una casa, gente cargando cajas a la espalda, mujeres con los culos gordos andando con elásticos, bares y mas bares, y niños jugando con cometas.
El centro, es algo menos caótico que el de Cali y mucho más bonito. En el Parque Berrío hay estatuas de Botero,y puestos de venta de artesanía. Por las calles de alrededor centros comerciales, puestos de comida callejeros, y tiendas de ropa. Calles peatonales, kioskos, y taxis. Y de vez en cuando un parque como el Parque Bolívar, e iglesias. El habitual centro de cualquier ciudad grande.
En la parte nueva hay casas, edificios de apartamentos y centros comerciales pijos. Y la zona Rosa con los bares y restaurantes para la vida nocturna de turistas, pijos y adolescentes maqueados.
Y eso es todo lo que he visto.
He grabado un vídeo desde el metro de la zona entre el centro y la parte nueva.
Fotos aquí.
Noche del míercoles, con el valor añadido de ser mi cumpleaños.
Tengo un gran reto que superar: la peor celebración de cumpleaños de la historia, y que es la que tuvo mi hermano en Santander. Estábamos en un camping, con el iglú de Juanan y Noelia roto. Llovía sin parar y el único lugar en el que podíamos estar era en el bar. La celebración fue: Juanan soplando una vela en una magdalena y todos cantándole el cumpleaños feliz.
En mi caso yo estoy solo, y en una ciudad, Cali, no demasiado bonita, así que solo necesito superar lo de la magdalena. Y creo que lo he logrado:
Después de soplar mi vela, sobre un cheto de queso, salí a cenar con Melanie y Mark, un chico irlandés que salió de casa en el 2001 para dar una vuelta y aún no ha regresado. Fuimos al Barrio Rosa, que es el barrio de fiesta pijo con la gente arreglada y los pollos dando vueltas con unos coches que si yo fuera policía seguro que paraba por sospechosos.
Después de la cena fuimos a tomar una cerveza y nos encontramos con unos amigos de Mark, Ray, neozelandés que hablaba a 200 por hora, y Alex, americano. Mark les dijo que era mi cumpleaños y compraron una botella de ron añejo 3 años y se invitaron a unos cubatas.
Después de acabar las cervezas y el ron ellos se fueron a bailar a una disco y Melanie y yo nos fuimos al hostal. Anoche apenas dormí en el bus y ya no me aguanto de pie, y además tengo que conseguir la celebración más patetica, y si voy a una disco entonces no lo consigo, al menos si nadie me parte la boca o me roban algo. Prefiero la opción de ir al hostal.
Siempre me gustaron los número 3, 5 y 7.
A los 13 y a los 15 años aún no había pensado en esto, pero sí a los 17, así que me gustó decir “tengo 17, 23, 25, 27 y 33 años“. El número que más me gustó fue el 33. Era gracioso tener 33 años y tener este look del primer hippie de la historia.
Ahora tengo que decir 35, a partir de que termine el viaje, ya que hice un trato conmigo mismo y me quité 4 años, así que me queda una semana de vivir con 31, y luego regresaré al 35.
Si viviera en África central estaría cerca del final de mi vida. Si viviera en Perú, Bolivia, Colombia o Brasil habría gastado ya la mitad de mi tiempo. Siendo español aún me faltan 5 años para que me quede la mitad de la vida por vivir. Si fuera canadiense o australiano, aún me faltaría mucho más, pero prefiero vivir algunos años menos y comer el pan tostado con tomate, aceite y ajo.
Claro que todo esto son estadísticas. Y la estadística dice que si yo me comí el otro día un pescado Mojarra, y tú no comiste nada, de promedio cada uno comió medio pez, aunque tu te murieras de hambre, y yo tuviera que dormir un rato para descansar del abuso.
Así son las cosas.
Noche del martes.
Pues otra noche de viaje. Esta vez desde Cali a Medellín. Voy con Melanie. El bus va directo y nos aseguran que no para ni suben vendedores. Después de mi última experiencia en un bus me da miedo a dormirme y que me roben la bolsa de mano.
Ponen Eragon, un peli infantil (me parece), así que me pongo a escuchar música y me duermo. 9 horas de viaje, y a las 6:30 ya estamos en Medellín. A ver que tal la ciudad.
He llegado de día a la ciudad y me ha perecido enorme y caótica.
Es la tercera ciudad más poblada del país, después de Bogotá y Medellín, . Tiene una de las tasas más altas de homicidios, 74 por cada 100.000, mientras que en Bogotá es de 18,8 y en Medellín de 28.
También la fundó Sebastián de Belalcázar, el mismo de Popayán que andaba buscando El Dorado y repartiendo sus microbios, y una de las más antiguas de América, aunque no he visto muchos edificios de la época.
No me ha gustado demasiado desde que llegué. En la parte nueva hay árboles por las calles, que están algo rotas, con los coches subidos en la acera que te obligan a ir por el asfalto, los siempre presentes cables eléctricos, y los restaurantes y bares con grandes carteles de colores. El centro me ha resultado soso. Las iglesias y edificios antiguos están plantados en mitad de los bloques de apartamentos enormes, con millones de tiendas y puestos de venta de cualquier cosas en la calle, con olores fuertes de la comida que se fríe al lado de una zapatería o de un puesto de venta de DVDs pirata, o de piña y banana, o de minutos de llamada con móviles.
El río Cali atraviesa la ciudad y hay un parque en el centro, que es lo más verde que he visto en la ciudad. Hay barrios que se reparten por las colinas y tres cruces en uno de los cerros. Y ya está, no he visto nada mas, ni nada más me ha despertado interés.
Me ha gustado el hecho de que haya una iglesia San Judas Tadeo.
Fotos aquí.
Un arcoiris de color
así entendías tú el amor
todo brillaba bajo el Sol
hasta que un lunes se nubló
después un avioncito de papel
se destrozó contra el mantel
lo cogí, leí tu adiós escrito en élNo quise ser tu dueño
sólo vigilar tus sueños
seré el guardián de tu sonrisa
pero tú tenías prisa
y poco a poco te cansabas
y hasta cambió el color de tu mirada
entonces supe que todo quedó en nadaUn mes de mayo, un mes de abril
no sé qué tren fue el que perdí
no te supe hacer feliz
pero estas cosas son así
luego llegó la despedida
te pregunté ¿por qué me dejas?
y ya me contestó: por tú tristeza
Noche del lunes.
Pues una de esas noches donde no ha pasado nada, de transición. He viajado todo el día hasta Cali y ya no he hecho nada mas. Como sabía por el Facebook (al final va a servir para algo) donde estaba Melanie, la chica suiza de Cuenca y de Baños, que está haciendo una ruta parecida a la mía por Colombia, he ido al mismo hostal.
Nada mas en todo el día y en toda la noche. En Cali hace calor, y es una ciudad muy grande y muy normal. Un poco de conversación con los compañeros ingleses e irlandeses del hostal y a dormir que me he levantado a las 5 y esto no parece unas vacaciones.
Mi nostalgia se alimenta de la propia nostalgia que siento. Y cuando no la tengo la echo de menos. Es como un perro que se intenta morder la cola, siempre da vueltas sobre si mismo pero nunca llega a cogerla, y si la coge nota que algo le hace daño y la suelta para volver a empezar.
Los recuerdos son como ciudades que se construyen sobre las ruinas de otras ciudades. Un día, mientras alguien excava para crear los cimientos de un mercado nuevo, o mientras una tuneladora agujerea el Carmelo, aparecen los restos de lo que fuimos y de lo que somos. Y si hay mala suerte acaba con los edificios de la clase obrera y con todas sus memorias. Son los pequeños recuerdos que se convirtieron en nostalgia, lugares que, quizás, nunca existieron porque se transformaron a algo nuevo, completamente diferente, en el mismo instante en que pasaron de ser presente a ser pasado.
Cenizas sobre cenizas. Vidas creadas sobre los restos de otras vidas. Todas las vidas son una misma vida, la nuestra, pero con alguna pequeña diferencia, una nueva marca, un nuevo intento, y la promesa de que esta vez va a ser mucho mejor.
Me a costado saber vivir con el pasado, estar en paz con el pasado. Me ha costado dejar simplemente que se marche. Me ha costado saber vivir con los recuerdos. Me ha costado entender que las cosas se terminan, pero al igual que pasa con la muerte, siguen vivas mientras alguien se acuerde de ellas.
Atesoro un millón de nuevos recuerdos creados en este viaje. Aún sigo aquí y ya añoro el otoño en Mendoza y el amor que me dieron; la lluvia en Valparaíso y las chicas cuidándome; las esperas en Sucre sentado en un parque escuchando a Quique González y mirando a los adolescentes y sus juegos; a Theresa llamando Schaetzelein a Martina, y a las dos diciéndome que coma.
Mi nostalgia se alimenta de la propia nostalgia que siento. A veces siento nostalgia de no sentir nostalgia.
Noche del domingo.
Ya había escrito la reseña de esta noche, ya que me estaba yendo a dormir y el hostal estaba justo al lado del Internet. Cuando iba a entrar a mi habitación pensé en comprar algo para desayunar, para no pasar tanta hambre siempre que viajo. Así que fui al super cerca de la plaza y compré zumo y fruta. Al salir me dio por sentarme unos segundos en la plaza, para echar un último vistazo a la gente y decir, moviendo la manita como el rey, “adiós San Agustín“, labor que generalmente es de las chicas, pero en este viaje tengo que hacer ambos papeles.
Mientras estaba sentado escuché la música que salía de una bar, que era una ranchera que me gustó mucho, así que entré para para preguntar quién era. Al entrar vi un bar oscuro, con dos personas sentadas en una mesa de esas de marca de cerveza con sillas de plástico, y dos personas mas en la barra frente a una tele y a la camarera.
“¿Puede hacerte una pregunta?“, dije a la camarera, “Sí“, contestó. Le pregunté quién era el cantante y el título de la canción, y las dos personas de la barra al oirme empezaron a explicar que era Vicente Fernández, mexicano, y lo que sonaba era un DVD con los videos que hay en la tele.
-Es música para tomar. ¿Te gusta?. Amparo, ponle la del chofer, y la de la primavera. Mira que caballos. Amparo, ponle la del caballo.
Se llaman Jimmy y Marcos, camioneros, originarios de San Agustín. Les invité a una cerveza Poker, y luego ellos me invitaron a mi. Me empezaron a decir nombres de cantantes de ese tipo de música, y a pedirle a Amparo que me pusiera los DVDs. Les dije que en Bogotá iba a buscarlos, y me explicaron donde comprarlos con seguridad, en la disquera de Calle 13 con Caracas, y sino que preguntara a un policia por una disquera de calidad, no esos falsos de la calle que se rompen cuando lo escuchas 2 veces. Y que me comprara el dividí, o el MP3 con todo.
Y tras la segunda cerveza, y una foto con mis nuevos amigos, me fui a dormir. Me habían dicho que en San Agustín eran buena gente, pero Jimmy y Marcos me han parecido geniales. Les he prometido enviarles una copia de la foto.
Noche del domingo.
Estoy en San Agustín. Estoy pensando en irme pronto a la cama para madrugar mañana, ya que quiero ir a Cali directo, cuando empiezo a escuchar un montón de ruido en la calle y en los bares.
Resulta que se está jugando la final del torneo de Apertura. Finalmente un equipo modesto, llamado Boyacá Chicó de Tunja ha ganado por primera vez el torneo, a un equipo grande llamado América de Cali, que ha ganado 12 veces.
La gente para celebrarlo lo que hace es ir en moto con las banderas y las camisetas dando vueltas por el pueblo y chillando y pitando. Lo mismo hacen los que siguen al equipo perdedor, y acaban juntándose para ir todos juntos.
Si llego a ser un aficionado al futbol este viaje hubiera sido lo más. Lástima que no entienda una mierda de deportes en general.
Esta es la chicharra que hay por los bosques de San Agustín. En el video no se ve nada, lo importante es el ruído. Lo que parece una sierra eléctrica es la chicharra.
Han debido de estar expuestas a radiaciones radioactivas.
Es lo que básicamente he venido a visitar en San Agustín, el paisaje, la ciudad y los piedros.
Me limito a copiar lo que dice la Web de la ciudad:
“Éste es uno de los sitios arqueológicos más importantes del continente. El área estaba habitada por una civilización Precolombina misteriosa que dejó en las estatuas monumentales y tumbas su más preciado tesoro. El sitio era un centro ceremonial dónde los habitantes enterraron a sus muertos y pusieron las estatuas al lado de las tumbas, en las cuales aquellos remotos pueblos expresaron su pensamiento religioso, íntimamente vinculado a sus actividades cotidianas.
Los vestigios arqueológicos consisten en varios centenares de estatuas de piedra, algunas de grandes dimensiones. El culto a los muertos, la exaltación de sus deidades y de sus antepasados, parece que fue la principal preocupación de las tribus que allí vivían y escogieron las accidentadas vertientes del macizo colombiano como centro de sus actividades.
En las afueras de San Agustín, se encuentra el Parque Arqueológico, donde se concentra la mayoría de la Estatuaria Monumental , rodeado por varios sitios equidistantes tan importantes como el Alto de los Ídolos, el Alto de las Piedras, La Fuente y Alto Lavapatas, el Cerro de la Pelota, entre otros.”
Así da gusto escribir entradas explicando lugares. Pero que le vamos a hacer, ya estoy algo falto de ideas y para repetir las mismas estupideces que escribo de cada lugar, pongo algo escrito por un ser algo más preparado que yo y que sabe de lo que habla.
Tengo que decir, para terminar esta reseña, que el lugar dónde se encuentran las piedras es muy bonito y tranquilo, con una flora salvaje que parece que te está observando. Esto demuestra definitivamente que las civilizaciones antiguas eran más listas y sofisticadas que nosotros. A ellos nunca se les hubiera ocurrido construir ciudades dormitorio ni esos cubículos japoneses donde pasar la noche. Preferian dormir a la interperie antes que uno de esos lugares feos.
También eran unos seres más fuertes que nosotros que nos entra diarrea si bebemos de un grifo que no es el de nuestra casa. Aún recuerdo como en Cuba no bebí ni un solo vaso de agua, ni embotellada. Todos los días a base de cocacola, que en Cuba ya es todo un insulto.
Fotos aquí.
Es otro de esos lugares declarados Patrimonio de la Humanidad. No sé ya ni en cuantos he estado en este viaje, pero van unos cuantos.
Parece ser que aquí habitaron los indios andaquíes, y otras culturas antiguas de las que no se tiene mucha información. De una de esas culturas poco conocida hay un lugar llamado Parque Arquelógico, que es lo que yo he visitado.
El pueblo tiene unas pocas calles, 5 o 6 x 5 o 6, más algunas casas que se despliegan por la colina. Hay bares, hostales y billares. Además de un par de iglesias, un par de plazas, el Río Magdalena, y un mercado.
Hay lagunas, los restos arqueológicos, y actividades típicas de caballo, senderismo y raffting. Pero a diferencia de otros lugares que he visitado aquí solo he visto colombianos haciendo turismo y a 3 extranjeros por la calle.
En los bares, restaurantes -como donde el richal- y los billares, solo he visto a los locales. Así que eso ya es una diferencia, sobre todo tras la saturación que llevo de ruinas y paisajes. Algo de socidad sin estar infectada por la plaga que somos los turistas cagones como yo que nos dan miedo hasta los niños. Por la calle parece que todo el mundo se conoce, se preguntan como están y me saludan con un “hola”, “buenas”, “¿que tal amigo?”.
El pueblo es bonito, pero estoy deseando volver a recorrer la carretera de vuelta a Popayán. Es espectacular.
Fotos aquí.
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